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La televisión y el pedestal

Empecemos con una historia. Días atrás un precandidato asistió a un programa en TV cable. Al salir, expresó a sus colaboradores su molestia con el resultado. No por lo incisivo de las preguntas o un déficit en sus respuestas. Lo que no le había gustado era su postura ante cámaras. Más allá de que tal dosis de autocrítica es rara en nuestros políticos, el episodio revela otra cosa. Vivimos en un país donde una persona que aspira con chance a la Presidencia de la República, con años en política encima, nunca había podido presentarse ante una audiencia masiva de TV. La falta de programas periodísticos o de interés general y la apuesta al entretenimiento puro es una de las características de la TV local de estos años. Algo que explica el nivel de ciertos dirigentes políticos, a quienes cualquier ciudadano que los escuche 10 minutos, no votaría ni para dirigir un club de bochas. Esta postura ha despertado la crítica de la sociedad, que culpa a esa TV “tinellizada” y llena de shows de chismes importados, de buena parte de los males del país. Una crítica bastante hipócrita, ya que los mismos que reniegan, son los que llegan a su casa corriendo a ver el baile del caño y sus sucedáneos. Más allá de matices, los ratings no mienten.

Ahora bien, esa percepción crítica ha generado también un movimiento que, con base ideológica y política, ha buscado aprovechar las posibilidades tecnológicas que brinda el salto a la TV digital, para “abrir el espectro a nuevas visiones”, según ellos. Para reclamar una parte de la torta, según otros. En ese sentido el gobierno, desde un elevado pedestal y haciendo gala de su más exacerbado sentido refundacional, lanzó un llamado para interesados a explotar dos canales de aire nuevos en formato digital. Y se hizo con toda la pompa del caso. Se nombró una comisión asesora “independiente”, se organizaron exposiciones públicas ante ONG y grupos de presión, se requirieron exhaustivos informes económicos. Todo con el argumento de que por primera vez en medio siglo de televisión nacional, se iban a hacer las cosas bien, y las señales iban a ir a parar a manos de la gente más capacitada, no a los amigotes del poder de turno, como no se cansaron de proclamarlo todos los jerarcas que pudieron subirse al mencionado pedestal.

Pese a esto, desde un principio se rumoreaba que las cartas estaban echadas. Que los “ganadores” serían una empresa propiedad del contratista del fútbol Paco Casal, principal accionista de la señal de cable VTV, y con fuertes contactos en el entorno presidencial, y el Consorcio Giro, cuya cara visible era el grupo que gestiona La Diaria, un periódico de impronta afín al gobierno, y favorito de ciertos grupúsculos intelectuales. Todo iba en ese camino, hasta que explotó la bomba. El presidente Mujica anunció que por motivos de solidez financiera los adjudicatarios serían el canal de Casal, y otro consorcio llamado Pop Tv, liderado por una conocida productora local. A partir de allí todo ha sido un escandalete plagado de acusaciones, agravios, denuncias y peleas. Un juego de sensibilidades que, como no podía ser de otra forma, se trasladó a la arena política.

Varios dirigentes del oficialismo se involucraron en el asunto, y plantearon su malestar por la decisión del Ejecutivo. Y finalmente este movimiento degeneró en que en las últimas horas se supiera que los principales jerarcas de la OPP, Gabriel Frugoni y Pedro Buonomo se movilizaban para encontrar alguna vía que permitiera dar una señal a quienes se sentían perjudicados. Se habla de que podría hacerse un llamado nuevo para un canal extra, o que en una decisión digna del Rey Salomón, se le pediría a los de Pop TV que compartan una de sus señales con los reclamantes.

Lo que deja en evidencia todo este lío es que más allá de maquillajes idiomáticos, la política sigue siendo el eje central que domina las decisiones de los gobiernos. En este y en otros temas. La manera desprolija y caótica en que se está resolviendo este tema, con negociaciones en la sombra y presiones sectoriales desembozadas, no tiene mucho que envidiar a lo que ocurrió en otros momentos. Y que el pedestal refundador al que se habían subido ministros, subsecretarios, y activistas, da fuertes señales de tener algunas patas podridas.

 

El País, 14 de octubre de 2013 – Martín Aguirre – Editorial

 

 

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