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Arrogancia

Los uruguayos tenemos cierta debilidad por insistir en asar la manteca, sin reparar en la evidencia acumulada.

Los casos son tan numerosos como bochornosos, desde aquella vez que el gran Pelé fue anulado por el Cholo Ledesma o cuando abucheamos a Luciano Pavarotti, acontecimientos con los que pretendemos zafar del marasmo de nuestra pequeñez. Para los uruguayos, las discusiones empiezan siempre de cero, a menos que exista cierto consenso social en su dilucidación, lo que ocurre únicamente si el tema no fue resuelto previamente por otro uruguayo.

Esta debilidad de nuestro espíritu incluye las reflexiones de los periodistas sobre nuestras prácticas, ética, reglas y límites. Pensemos en el actual debate sobre cuáles son las mejores prácticas en el abordaje periodístico de la vida privada de las personas, particularmente en referencia a sus preferencias sexuales.
 
“Fulano, ¿usted es gay?” es una pregunta cuya inclusión termina justificándose en la preexistencia de un rumor y su eventual utilización política. ¿Es esto una práctica periodística de recibo? ¿No lo es? No importa que el mundo haya acumulado suficiente reflexión sobre la deontología profesional. En Uruguay, los debates periodísticos no nacen del raciocinio sino de los pliegues del ombligo. El tópico está comprendido con referencias explícitas o genéricas en todos los códigos de ética del mundo (incluyendo el de la Asociación de la Prensa Uruguaya) pero eso no constituye una referencia para los cerriles periodistas de este bendito país, que preferimos intentar, una vez más, asar la manteca.

Para la BBC, las figuras públicas tienen, en determinadas situaciones, una expectativa de privacidad más baja, pero los periodistas “debemos justificar las intrusiones en la privada del individuo… demostrando que esa intrusión es superada por el interés público”.

En un sentido similar al de la prestigiosa corporación británica se expresan los códigos de ética toda Europa. Para la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, FAPE, “sólo la defensa del interés público justifica las intromisiones o indagaciones sobre la vida privada de una persona sin su previo consentimiento”.

Pero probablemente sea en el Código de Ética de la Society of Professional Journalists’, de Estados Unidos, donde se encuentre la definición más contundente. Para la SPJ, los periodistas no sólo no debemos complacer “la curiosidad sensacionalista del público” sino que sólo podemos justificar una intromisión en la privacidad de alguien cuando esté en juego una “predominante necesidad pública”. La organización nos recuerda que “recopilar y difundir información puede causar daño” y que “la búsqueda de noticias no constituye una licencia para la arrogancia”.

Quizás sea demasiado para los periodistas de un país que recuerda con jactancia haber abucheado a Pavarotti, por no hablar de aquella vez que el Cholo Ledesma anuló al gran Pelé.

 

Montevideo Portal, 30 de octubre de 2013 – Gerardo Sotelo – Cybertario

 

 

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