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Los insultos de Couriel y el interés público

Los políticos saben que cuando un periodista los llama es en búsqueda de información y a veces la información es un insulto.

Más de uno me ha preguntado en estas horas si El Observador va a seguir “quemando” a algunos actores públicos en charlas que, presuntamente, no pertenecen al ámbito público, como la que mantuvo una periodista del diario con el senador Alberto Couriel, quien le dijo que le tenía asco. El Observador publicó la charla entre la respetuosa periodista y el desbocado senador. ¿Lo vamos a volver a hacer? Depende.

En primer lugar, vamos a seguir publicando cosas que consideremos de interés público, que no es lo mismo que las cosas que pueden llegar a interesar al público (aunque esta vez las dos coincidieron porque la de Couriel y sus insultos fue la nota más leída en el portal del diario).

Si Couriel le hubiese dicho “enferma” a una participante de un acto, ¿no lo habríamos publicado? ¿Y si se lo dijo a una secretaria del consejo de Ministros? Ahí incluso no lo hubiésemos escuchado sino que nos lo habría contado alguien, una de esas “fuentes” anónimas que suelen relatar lo que pasa en estas reuniones. ¿Era relevante un exabrupto así de un senador?

Aquí lo dijo en una conversación con una periodista que, como el senador bien sabe, no lo llamó para departir con él sobre el clima. Él sabe que lo llamamos para publicar lo que nos diga porque acá no nos guardamos la información. Fue frontal en hacerle una pregunta de algo que interesaba publicar al diario: una posible discrepancia entre él y el presidente Mujica. Hombres públicos, gobernantes, representantes políticos en un lugar público, donde se estaban tratando temas públicos, ¿no es motivo para que se les pregunte qué está pasando? Pero incluso si, como les suele pasar a muchos actores públicos y políticos cuando no les conviene, hubiese querido evitar hablar del asunto, tenía derecho a hacerlo. Podría haber mantenido el silencio. Prefirió el insulto.

¿Es una actitud que la ciudadanía, el electorado, tiene derecho a saber? Depende.

Un diario es un pedazo de memoria colectiva. Eso es lo que, por ejemplo, lo diferencia de otros actores en el universo virtual de la información. Y no solo por su archivo de textos e imágenes, sino por la experiencia de decenas de periodistas tratando con gente durante años y años, todos los días, en procura de obtener información para divulgarla.

Un periodista que se precie de tal y con toda esa información histórica a su disposición, debe ser capaz de darse cuenta si a un dirigente que siempre fue respetuoso un día se le va la moto por cuestiones que, en el contexto en que se desarrollaron, tornan admisible o comprensible esa actitud. En un caso así quizás no se publique porque, guste o no, otra característica que tiene un diario es que lo hacen sus periodistas, no los lectores, ni los políticos, ni los navegantes de la red en todas sus formas.

Si hay una galería de políticos respetuosos que esa memoria colectiva es capaz de armar, Couriel difícilmente figure en ella. El insulto a la periodista no fue un desliz, fue una confirmación. Y por eso, entre otras razones, decidimos publicarlo.

Una de esas otras razones, que no es menor aunque no figure en los manuales de periodismo, tiene que ver con el carácter, con una idea, con la identidad. Algo que no tiene nada de ampuloso en su declaración ni puede sonar amenazante, sino que es parte de las relaciones humanas cuado se dan en un contexto de tensión: ellos no quieren que publiquemos y nuestra razón de ser es publicar. Esa identidad tiene como uno de sus pilares que a los periodistas de El Observador no se les pide, se les exige que sean respetuosos en el trato con sus fuentes cuando hablan en nombre del diario. Por eso el diario no es que pida, sino que exige respeto de todos con quienes trata.

Y por eso respetamos y por eso nos vamos a hacer respetar aunque eso nos cueste a veces la tarea, siempre viscosa, de informar sobre uno mismo.

 

El Observador, 20 de setiembre de 2013 – Gabriel Pereyra – Opinión

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