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La dictadura del entretenimiento

“Búsqueda” publicó semanas atrás un entredicho entre un experto argentino en televisión pública, cuyo nombre no recuerdo, y nuestro Director de Cultura del MEC, Hugo Achugar.

En el marco de una mesa redonda sobre políticas públicas en materia de televisión, la discusión se centró en la escasa cantidad de “entretenimiento” que hay en la televisión oficial uruguaya.

El argentino discrepó con esa realidad, aclarando que hablar de entretenimiento no era necesariamente “hablar de Tinelli”.

La posición de Achugar fue firme en defensa de una televisión oficial de calidad, prescindente de si divierte a la gente o no. Coincido plenamente con él y lo he expresado en múltiples oportunidades desde esta columna. Y esta definición es tan importante que amerita un análisis.

La búsqueda del entretenimiento a cualquier precio es una de las grandes falencias culturales de esta época. Para los que trabajamos en cultura, se podría decir que es casi una necesidad de supervivencia. Por ejemplo, los que hacemos teatro, sabemos que si ponemos en escena un producto comercial, tenemos un 80 por ciento de probabilidad de alcanzar un éxito de público. En cambio, si montamos un espectáculo artísticamente exigente y sin apelaciones comerciales, el porcentaje se invierte.

Por eso es muy importante que instituciones oficiales como la Comedia Nacional formulen una programación de calidad. El éxito de esta gestión no debe ser medido en función de las localidades vendidas, sino en relación a la capacidad de la Compañía de hacer llegar esos buenos espectáculos a todos los sectores de la sociedad.
Lo mismo pasa con la televisión pública.

El martes del alerta naranja me quedé en casa y me sometí al surrealista panorama de nuestra televisión abierta de cada tarde. En un programa porteño, entrevistaban a un mago desconsolado porque en una actuación, una nena le había secuestrado su paloma. No exagero. Gran parte del consumo televisivo de entretenimiento que reciben hoy los uruguayos es de tan baja calidad intelectual, que resulta más que obvio que un canal oficial tiene la obligación de romper la lógica del mercado y ofrecer productos calificados, que estimulen la inteligencia y la creatividad.

Debemos abolir el determinismo según el cual es obligatorio bajar el nivel de los productos culturales para atraer al público. También el relativismo según el cual lo chabacano y estúpido también es cultura y merece la protección del estado. Tenemos la obligación, por último, de dejar de emitir mensajes, desde el gobierno y los medios de comunicación, que ensalzan la ignorancia y menoscaban la labor intelectual. Será muy difícil lograr que los chiquilines dejen de mirar a Rial y empiecen a interesarse por un documental sobre Picasso, si estamos todo el tiempo diciéndoles que los intelectuales nunca levantaron un balde, o que los valores estéticos son subjetivos y vale lo mismo una canción de Fernando Cabrera que una cumbia de los Pibes Chorros.

En el mismo sentido, ahora que la educación está en debate, me preocupan las propuestas que se están escuchando sobre un cambio de modelo radical, según el cual será más importante enseñar a los muchachos a manejar Google que ofrecerles los contenidos de la cultura académica. Nadie duda que las nuevas tecnologías modifican la manera de aprender, pero desdeñar el aprendizaje sistemático de historia, ciencias, filosofía, literatura y arte, puede conducir a un futuro de personas que sepan mucho de su realidad inmediata pero nada de los grandes temas que nos mejoran, nos sacan del envilecimiento de lo cotidiano y nos convierten en seres pensantes, analíticos, críticos e innovadores.

Escuché a Gonzalo Frasca, un educador por quien siento un gran aprecio, preguntarse para qué un adolescente tiene que leer a Lope de Vega, de qué le servirá. Y creo mi deber responderle que le servirá para ser mejor persona, para tener en su adultez un mejor y mayor bagaje cultural, para aprender a emocionarse con valores más trascendentes que los vaivenes afectivos de una vedette porteña.

Y traigo este tema porque parte del mismo prejuicio que comentaba al principio: el de la instalación dictatorial de una cultura del entretenimiento que todo lo absorbe y lo convierte en chatarra intelectual y moral.

Es mentira que tengamos que enamorar a los muchachos para que sigan concurriendo al liceo. Es criminal bajar el nivel de los contenidos para tornarlos “accesibles”, como si los edulcoráramos para hacerlos aptos al consumo de ignorantes satisfechos de su condición. Desde la educación y los medios tenemos que recuperar la mística de aprender, y ese aprendizaje va unido al esfuerzo e incluso al sacrificio personal. Lo demás es el hedonismo que paraliza la conciencia y nos convierte en animales, interesados solo en la satisfacción de nuestras necesidades básicas.

Está bien que la televisión oficial tienda a un modelo de “cultura entretenida”, pero sin que el adjetivo se coma al sustantivo…

Hace unos días tuve el privilegio de asistir al homenaje que se tributó al poeta Horacio Ferrer, en su cumpleaños número 80. Los organizadores (Alberto Magnone, Ruperto Long y Fernando Rossi), tuvieron la excelente idea de recrear sobre el escenario del Solís la puerta de entrada a El Club de la Guardia Nueva, una agrupación juvenil que Ferrer inauguró con sus amigos en 1954, con el propósito de estudiar y difundir “el buen tango”. En esa definición ya hay una enseñanza: aquellos jóvenes se la jugaron por una “Guardia Nueva”, un tango sin los lugares comunes compositivos y poéticos propios del origen del género. Los fundadores de ese grupo aparecieron en el escenario del Solís por la misma puerta, como volviendo del pasado a enseñarnos a los uruguayos de hoy que hay que defender los valores de la poesía, aunque ello nos cueste tiempo y dinero, en el mercantilista y utilitario tiempo que vivimos.

Luego, acompañados por el piano del uruguayo Alberto Magnone y el bandoneón del argentino Raúl Garello, se encontraron solistas veteranos, como el propio Ferrer y Olga Delgrossi, con voces jóvenes como Ana Karina Rossi y Tabaré Leyton. Un Solís repleto aplaudió de pie y con emoción a su poeta, que con Astor Piazzolla conformó la dupla argentino-uruguaya que hizo los mejores aportes al tango de todos los tiempos.

Con la sabiduría y serenidad de su edad, en un momento inolvidable de esa noche, el maestro Ferrer dijo: “yo no escribo para ser entendido. Si puedo, escribo para emocionar”.

Un consejo más que preciso para quienes creen hoy que hay que dar entretenimiento fácilmente entendible y digerible, sin importar que embrutezca las conciencias y anestesie las emociones.

 

Montevideo Portal, 30 de setiembre de 2013 – Columna Políticamente incorrecto – Álvaro Ahunchain

 

 

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