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Ley de medios: libertad de prensa, sin hostigamientos

La evolución de las sociedades democráticas, y en particular la necesidad de distinguir entre la legitimidad de origen y la legitimidad de gestión, ha colocado a la libertad de expresión del pensamiento como la primera y más importante de las libertades ciudadanas, puesto que ella es el sostén y de ella derivan el respeto y la vigencia de todos los demás derechos ciudadanos.

En el vértice de esa libertad, se encuentra la de prensa (escrita, radial y televisiva). Eso no solo significa el derecho de opinar e informar sino también su correlativo: el derecho ciudadano de estar informado.

Es el modo de que la sociedad civil pueda controlar el manejo del Estado a cargo de sus gobernantes transitorios.

Las tentaciones

Contra esa potestad ciudadana, la tentación autoritaria ha levantado siempre la censura. A veces, la censura es directa, como en Venezuela y Ecuador, por la vía de la expropiación o la confiscación.

En otros casos, la censura es indirecta y opera a través de mecanismos como la amenaza o amedrentamiento, el manejo de la publicidad oficial o privada y la compra o el soborno. Sin descartar la dádiva de empleos, con altos sueldos a cambio de benévola complacencia.

De este modo, se fomenta lo peor: la autocensura, que es el antiperiodismo, es decir quien evita informar para no fastidiar al gobernante de turno y así no malquistarse con el poder.

En la Argentina existe libertad de prensa, no puede negarse, pero también está claro que existe una firme embestida contra el periodismo opositor, con amenazas de intervención al Grupo Clarín y con el propósito de controlar el suministro de papel de diario por medio de Papel Prensa. Sin olvidar las continuas amenazas a propietarios y familiares de medios de difusión.

A pesar de eso, ha sido a través del periodismo libre y no comprometido con el poder es que ha salido a luz el escándalo de corrupción que ha anegado al país al desnudar la incalculable fortuna de los Kirchner y que ha dado plena razón al “exabrupto” de Jorge Batlle, que no obstante, le costó un mal rato, sudor y lágrimas. Algo parecido ocurrió con José Mujica, pero en lugar de lágrimas, el episodio se zanjó con un abrazo y beso que hizo dudar a todos ante ese “canto de sirenas”.

La hora de informar

La complicada interna que sufren actualmente los tres grandes partidos de nuestro país, tanto el Partido Nacional, como el Partido Colorado y el Frente Amplio, que expusimos en nuestra columna anterior, determinó que se nos hicieran respetuosas discrepancias. A todos contestamos que nada de lo que dijimos es inexacto y por el contrario son datos e informes recogidos de los propios dichos de los dirigentes políticos. Esto es público, además de ser notorio.

Son esas afirmaciones, precisamente, las que no se pueden tergiversar. Ello por mi innegable derecho al análisis político y por el respeto de la verdad que merece el lector. Me ha resultado siempre significativa, la recurrente molestia de los dirigentes frentistas, cuando la prensa les señala sus errores, sus fracasos, sus disidencias internas o su doble discurso, en su vana pretensión de ocultarlos. Y muchos de ellos, que han citado a Rafael Barret en el recuerdo del salvaje atentado contra su nieta Soledad, parecen olvidarse que aquel estupendo escritor anarquista que solo con su pluma en la defensa de las injusticias sociales alcanzó para conmover al periodismo uruguayo de principios del siglo pasado, llegó a decir: “No tiembles pluma mía y clávate hasta el fondo…” haciendo referencia a la necesidad de denunciar la explotación de los obreros, en aquel caso de los paraguayos (“El dolor paraguayo”).

La mejor ley

Por esas razones, sigo pensando que la mejor Ley de Medios es la que no existe, la que deja a la prensa criticar e informar con las limitaciones impuestas por la mentira o la real malicia y con las sanciones ya previstas en el ordenamiento legal.

Cualquier reglamentación, por más inocente que parezca, encierra el germen del acorralamiento o la limitación de una verdadera y auténtica libertad para expresar el pensamiento, la justa discrepancia, la sana pasión al servicio de la crítica, la tutela del individuo frente a los desbordes a los que siempre está tentado el poder, el respeto por las instituciones que son la única garantía de la ciudadanía inerme.

Sin pretender absurdas comparaciones, nuestra misión de periodistas ha sido invariablemente la de informar desde nuestras columnas con respeto de las personas, como imperativo ético, y de la verdad auténtica como hecho histórico.

Puede ser una pérdida

En febrero de este año la ONG Reporteros sin Fronteras publicó su informe anual sobre libertad de información y su clasificación mundial de la libertad de prensa correspondiente. Más allá que en otros países muy cercanos, y también alejados, preocupa y mucho a esta prestigiosa asociación sus datos al respecto, Uruguay figura en el número 27, o sea entre los treinta países con mayor libertad de prensa del mundo. Sí, de todo el planeta.

Obviamente solo se refiere al año 2012, y no a otras oscuras décadas de la historia nacional. Pero es algo que se ha ganado, no sin grandes dificultades, desde la transición democrática en los ochenta hasta nuestros días. No debe darse marcha atrás en tan preciado tesoro de los uruguayos. Hay ciertas campanas de alerta.

 

El País, 02 de junio de 2013 – Daniel Herrera Lussich

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