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La regulación de los medios y la sombra de la censura

Establecer nuevas normas no tiene por qué violar este derecho.

La noticia de la existencia de un proyecto de ley de medios en Uruguay generó comentarios alarmistas de políticos y periodistas. Estas reacciones, ante la idea de que se establezcan nuevas reglas para los medios de comunicación, pueden basarse en justificaciones históricas, filosóficas y políticas. De hecho, revelan concepciones de la libertad de expresión y de prensa que suponen la no intromisión del gobierno como garantía.

Sin embargo, la regulación y la intervención estatal en los medios no tienen por qué identificarse, y mucho menos igualarse, a la censura. La legislación tiene el potencial de promover y garantizar el pluralismo. Al controlar que no se produzca una concentración de medios, puede evitar la formación de monopolios y oligopolios, además de asegurar el acceso a determinadas tecnologías e información y el respeto de ciertos derechos individuales. Tal es así, que hay ocasiones en las que la regulación, e incluso la intervención del Estado, constituyen una necesidad. Este es el caso del Reino Unido donde desde noviembre, se ha intentado regular la prensa sin éxito.
Un sector privilegiado

Históricamente, el sistema de medios del Reino Unido se ha caracterizado por la división de regímenes regulatorios de acuerdo al medio de comunicación determinado. Los broadcasters han estado sometidos a reglas diferentes de las que rigen las telecomunicaciones, a su vez distintas del régimen que ha enmarcado al periodismo escrito. En ese país, la libertad de prensa no es un derecho constitucional, a diferencia de la libertad de expresión establecida en el artículo 10 de la Convención Europea de Derechos Humanos, y en el 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, una visión clásica de la libertad de expresión evitó que el Estado regulara la prensa, lo que ha sido defendido por sus representantes, y calificado como arbitrario por especialistas en medios de comunicación.

Por su parte, el organismo autorregulador, la Press Complaints Commission (PCC), trabajaba como intermediario entre el público y la industria en base a quejas.

Pero el escándalo de las escuchas ilegales de News of the World, un tabloide de Rupert Murdoch, despertó la necesidad de que el gobierno interviniera. La BBC reportó que la Policía identificó que este medio pudo haber interceptado los teléfonos de más de 4.000 personas.

El descubrimiento clave del caso fue que el celular de Milly Dowler, una niña desaparecida en 2002, había sido pinchado por periodistas que borraron los mensajes de su casilla para seguir recibiendo información. Al notar que estos fueron eliminados, los familiares y amigos de la joven pensaron que ella lo había hecho, pero en realidad ya estaba muerta. Esto obligó a Murdoch a cerrar News of the World y a David Cameron a tomar una medida drástica: en julio de 2011 solicitó al juez Brian Leveson que realizara una investigación sobre “la cultura, la práctica y la ética” de la prensa en el Reino Unido. Fue la mayor indagación sobre las prácticas periodísticas, las relaciones de los periodistas con los políticos, con las celebridades y con la policía, que se haya hecho en el Reino Unido. En tanto, la PCC anunció su cierre en marzo de 2012.

En noviembre del mismo año, tras 16 meses de trabajo, Leveson publicó un informe de 2.000 páginas con recomendaciones. Pero Cameron se apuró a oponerse a la propuesta de crear un organismo autorregulador de la prensa mediante una ley. A su juicio, legislar significaría cruzar una línea que pondría en peligro la libertad de prensa. Las discusiones entre los grupos de presión envueltos en el asunto dificultaron su desenlace.

Finalmente, los principales partidos políticos (Conservador, el Laborista y Liberal Demócrata) acordaron crear, mediante una Cédula Real (Royal Charter) publicada el 18 de marzo, un organismo autorregulador independiente de los políticos y de la industria, al cual los diarios deberían adherirse voluntariamente. Se evitó crear una ley regulando la prensa para alejar la amenaza a la libertad de prensa. Pero los principales diarios del país (menos Guardian, The Financial Times y The Independent) se opusieron al acuerdo y el 25 de abril plantearon sus propias reglas en otra versión de la Cédula Real, que les da más poder en el organismo autorregulador y reduce la posibilidad de acción del Parlamento. Todavía no se determinó el rumbo que tomará el gobierno.

Distintas concepciones

Las diferentes posturas frente a la regulación responden a distintas concepciones de la libertad de expresión. Tal como lo explica la doctora en Comunicación por la Universidad de Texas, Laura Stein, en uno de sus artículos, hay una concepción defensiva y otra fortalecedora de la libertad de expresión. Mientras que la defensiva concibe que esta libertad existe en espacios privados donde no hay intervención gubernamental, la segunda considera que la libertad existe en lugares públicos sin ningún tipo de coerción (ni gubernamental, ni no gubernamental). En este sentido, aunque no haya una intervención estatal, no existe la no regulación ya que los mercados competitivos también necesitan reglas.

Las reacciones negativas ante la posibilidad de que exista una Ley de medios pueden originarse en una visión clásica y defensiva de la libertad de expresión, cuyo principal representante fue John Stuart Mill. Este intelectual inglés del siglo XIX promovía la libertad de expresión ilimitada. Sin embargo, esta visión fue criticada por su carácter radical ya que el derecho a la libertad de expresión no es absoluto sino que está limitado por otros derechos, lo que explica que no todas las expresiones estén protegidas.

La historia y los avances sobre los medios en países de la región, han demostrado la importancia de estar alerta ante las intenciones autoritarias. Sin embargo, la regulación, a través del Estado o de privados, no tiene por qué ser perjudicial y puede garantizar los derechos individuales y ser legítima si está justificada por el interés público.

 

El Observador, 09 de junio de 2013 – Lucía Cohen

 

 

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