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Los medios y la cultura

Cuando se habla de la ley de medios, se piensa fundamentalmente en la libertad de prensa y en el derecho a la información, y se alude a la tergiversación de las noticias y a la jerarquización que dan los medios a la información.

Si tenemos en cuenta que la mayoría de los medios de prensa en general (y prácticamente la totalidad de los medios audiovisuales en particular) está en manos de empresas que responden a intereses opuestos a los de la izquierda, es perfectamente lógico que se muestren renuentes a destacar las cosas buenas de un gobierno progresista, y estén dispuestos a machacar en las macanas y metidas de pata del gobierno. No nos alarmemos, pues, y no nos rasguemos las vestiduras: los dueños de cualquier medio de prensa lo usan a su manera en un régimen democrático, según su leal saber y entender o según su conveniencia política. ¿O vamos a pretender que los adversarios no jueguen?

Más allá de estas consideraciones políticas y de la información sesgada que nos llega a través de la televisión, me alarma la producción cultural de los canales privados. Por lo general, lo que recibimos de esas empresas en materia de cultura es mínimo, pues el único criterio con que se manejan es puramente comercial: priorizarán los programas que más venden, es decir, las emisiones con fines de entretenimiento donde caben los chismes, los concursos y cualquier frivolidad que el televidente consume pasivamente.

En este panorama, un solo canal de aire –el estatal– dedica espacios considerables a los programas de divulgación de cultura. Pero el problema es que compite en condiciones más que desfavorables con la tilinguería de los canales privados, y sus emisiones culturales no tienen la difusión que merecerían. Pienso concretamente en la experiencia que lleva a cabo el MEC de la mano de Jorge Risi en muchas localidades del país, enseñando a niños y jóvenes a tocar instrumentos sinfónicos y sensibilizándolos para apreciar la música de calidad. Claro, de eso no se habla.

Con todo, lo más paradojal es que hoy en día todos están de acuerdo en la necesidad de recuperar el nivel cultural de antaño, sin advertir que las pautas de comportamiento, los gustos musicales o cinematográficos, las modas, y todo lo que hoy se considera cultura nos es impuesto desde el Primer Mundo, nos llega primorosamente enlatado, pronto para ser consumido.

Hace cuatro siglos don Francisco de Quevedo había descubierto el enorme poder del dinero, descubrimiento que plasmó en su célebre letrilla satírica. Hoy, a este poderoso caballero le ha surgido un competidor: la pantalla; sea la del televisor, sea la del ordenador. Allí está la verdad. Lo que allí se dice o se muestra es la realidad, y el resto no existe. Desde ese rectángulo mágico se nos dice qué música hemos de oír, cómo vestirnos, con qué reírnos, qué opinar y cómo hablar. Si será poderosa la pantalla que es capaz de crear ídolos que todos tratarán de emular, y así como el dinero “quebranta cualquier fuero” y hace hermoso a quien lo tiene “aunque sea fiero”, la pantalla tiene la virtud de convertir en genio al mediocre, de hacer del guarango un hombre de respeto, de trocar lo falso en verdadero y viceversa.

 

La República, 28 de mayo de 2013 – Julio Guillot

 

 

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