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Día Mundial de la Libertad de Prensa

Como es habitual, el pasado viernes 3 de mayo se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, coincidiendo con el XXV aniversario de LA REPÚBLICA. Como también es habitual, la celebración ha estado empañada por la seguidilla de amenazas y asesinatos de periodistas, obra de sicarios de los cárteles de la droga que […]

Como es habitual, el pasado viernes 3 de mayo se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, coincidiendo con el XXV aniversario de LA REPÚBLICA.

Como también es habitual, la celebración ha estado empañada por la seguidilla de amenazas y asesinatos de periodistas, obra de sicarios de los cárteles de la droga que operan en México y que habla a las claras del poder cada vez mayor de las mafias de narcotraficantes.

En nuestro país, felizmente, la libertad de transmisión de informaciones y de expresión del pensamiento rige sin restricciones desde el retorno de la normalidad institucional, luego de 17 años de censura y cierre de órganos de prensa. No olvidemos que el gobierno dictatorial de Pacheco empezó a aplicar la mordaza desde que implantó las medidas de seguridad en junio de 1968; tarea que la dictadura prosiguió a conciencia. Cierto es que ha habido periodistas amenazados por algunos gorilas nostálgicos o por capomafiosos, pero han sido situaciones excepcionales sin consecuencias; y lo importante es que no ha habido ninguna acción tendiente a coartar la libertad de expresión de parte del Estado o del poder político.

Sin embargo, es posible asistir a ciertos desbordes en el ejercicio de la libertad de prensa, una patología casi, que el Estado no está en condiciones de combatir so riesgo de vulnerar esa libertad de expresión. Nos referimos a los contenidos de los programas que se emiten por televisión, así como a los criterios que rigen para priorizar las noticias en los informativos televisivos.

Más de una vez nos hemos ocupado de estos temas advirtiendo de la pésima calidad de ciertos enlatados y de la tilinguería que prevalece en los programas de entretenimientos. A través de esos programas, seriales, telenovelas y shows de mal gusto, los telespectadores van recibiendo mensajes que están en colisión con los valores que el Estado se propone inculcar en los ciudadanos. Allí se promueven antivalores, se exacerba el individualismo y se proponen modelos y pautas ajenas a nuestra identidad cultural. Teniendo en cuenta el poder de penetración de la televisión en los hogares, el sistema educativo se ve en desventaja para cumplir a cabalidad su función.

Se produce, entonces, un conflicto entre los valores e ideales que la educación formal intenta promover, y la chabacanería, la violencia y las obscenidades que los ciudadanos reciben pasivamente a diario desde la pantalla chica.

Por supuesto que seguiremos defendiendo la libertad de prensa. Pero debemos lanzar un llamado de atención ante el fenómeno. Y creemos que, sin vulnerar esa libertad de que gozan los usufructuarios de las ondas, las autoridades deberían vigilar lo que emiten los canales privados.

 

La República, 05 de mayo de 2013

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