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De karateka a director general

Nació a la política cuando todavía se sentían los coletazos de las razias. Fue diputado y ahora es director general del Ministerio de Educación y Cultura (mec). Pablo Álvarez, el cinturón negro que enseña artes marciales en sus ratos libres, también se preocupa por advertir “el fin de una estrategia” tras la llegada del Frente Amplio al gobierno. Pero más se esfuerza en plantear los términos de un debate aún en las gateras: “Avanzar en democracia –sostiene– implica enfrentar ciertos elementos del capitalismo”.

Un señor de 70 años protesta porque no sabe dónde homologar los estudios de su hijo en Francia. Coquetas funcionarias van y vienen y el ascensor se abre y se cierra sin pausa frente a la antesala del despacho de Pablo Álvarez en el séptimo piso del mec. Ubicado en un rincón con vista al mar del edificio sobre la calle Reconquista, el espacio luce despojado de insignias partidarias. “Este despacho no es mío”, previene, mientras ordena algunos expedientes sobre su escritorio. En el horizonte, cinco barcos enfilan hacia el puerto. Encima de la biblioteca, una radio y un pequeño juego de ajedrez. Tapizado de papeles, el escritorio. Tres sillas, una mesa, y un gran plasma de unas cuantas pulgadas, rodeado de sillones de cuero marrón, redondean la escena.

“El peludo del mpp”, devenido desde su incorporación a la Corriente de Acción y Pensamiento-Libertad (cap-l) en un dirigente de primera línea, tiene 35 años y nació en Buenos Aires, donde vivió durante su primer año. Pasó la infancia en un complejo habitacional del Parque Rivera y conoció el Centro cuando le tocó hacer el liceo en el iava.

Eran tiempos de efervescencia estudiantil. Sus primeros pasos en la política orgánica datan del año 1994. Los episodios del Hospital Filtro, cuando miles de manifestantes intentaban impedir la extradición de ciudadanos vascos acusados de ser miembros de eta bajo una feroz represión policial, y el cierre de Radio Panamericana, fueron el principio.

“Se hizo una actividad para apoyar lo que en aquel entonces era la ocupación de la radio. Yo bromeo a veces que subí la escalera de la radio y después no bajé más de ahí. Fui partícipe del Filtro, pero como joven que estaba ahí, estaba solo. Y ahí me di cuenta de que la política no se puede hacer solo. Si tenés que correr, hay que correr con alguien”, cuenta, entre silencios.

En su casa la política era uno de los temas de sobremesa. Uno de sus hermanos, Camilo, el del medio, milita ahora junto a él en la cap-l. “Si bien mis viejos nunca estuvieron vinculados orgánicamente a una organización, eran de esos frenteamplistas que fueron simpatizando con cosas distintas en el tiempo, de esa masa que fue cambiando”, desarrolla. El mueble más importante de casa, dice, siempre fue la biblioteca: “Ahí había una referencia interesante de algunas lecturas”. Se considera un gran lector. Badiou, Althusser y otros autores sobrevuelan la charla. Pasa el mate, recoge los restos de yerba desparramados sobre la mesa. Vestido de las “responsabilidades institucionales” que le caben, navega en los aprendizajes que le deja la política. “Uno cree que sigue pensando en los temas fundamentales de una forma similar, y lo que hace es trabajar esa inconsistencia que se le genera a uno, de estar siendo parte de un Estado que representa intereses en los cuales yo veo la propia limitación de este Estado para llevar adelante los cambios que hay que hacer”, explica. Y pide dar el debate:

—Uno de los elementos centrales de finales de la dictadura para la actividad política nacional, y sobre todo para la izquierda, fue asumir la democracia como un valor absoluto. Dijera Badiou, la democracia de alguna forma implica “el terror del consenso”. Y creo que hoy ya estamos viendo parte de los límites de ese consenso.

—Da la impresión de que al Frente le cuesta mucho construir hegemonía.

—Yo creo que el Frente construyó hegemonía antes de llegar al gobierno. El acceso al gobierno le impuso al Frente el fin de una estrategia, lo que no significa que ahora no sepas qué hacer, sino que de verdad tenés que repensar un horizonte nuevo, de mediano y largo aliento. El Frente construyó una hegemonía, la de reivindicar ciertos valores y responsabilidades que el Estado debe mantener, algo que quizá sea una transformación de ciertas lecturas del batllismo. Y ahora comienzan a existir ciertos puntos de ruptura. Cómo estamos viviendo la situación de inseguridad, las respuestas a esa visión de la violencia en el marco de la sociedad…

—Hace falta un nuevo relato.

—Totalmente. Es un tema que para mí desde hace un tiempo es central. Tampoco se trata de construir un falso testimonio como para arrastrarse atrás de él. Son construcciones colectivas. A veces rechazamos esto de que la palabra es parte de la batalla. Althusser señalaba que el conflicto está en los matices.

Cuando se le consulta por la izquierda y su escaso manejo de la agenda pública, y aun del espacio discursivo, Pablo apunta, sin dudar, al plano ideológico. En tiempos de nuevos derechos (y del impulso de viejos frenos), no cree que esta agenda sea el parteaguas de la discusión. Pide ir más allá. Y arriesga: “Hay que animarse a discutir con la democracia”.

—¿De qué estamos hablando?

—Lo que estamos planteando en la discusión interna de nuestra organización es que más democracia implica necesariamente menos capitalismo. No se puede decir que hay más democracia con desarrollo del capitalismo. No sé si es profundizar la democracia, una democracia radical o una democracia de masas. El apellido y el predicado que se le quieran poner a la democracia no hacen a la situación de definir cuáles son los conceptos con los que nos vamos a mover. Avanzar en democracia, al menos como yo lo leo, implica enfrentar ciertos elementos del capitalismo. Uno de los logros que ha tenido históricamente la democracia, entendida exclusivamente como el aparato formal o político, ha sido el de separar la esfera de lo económico. Y sin caer en un determinismo económico, allí se siguen expresando y reproduciendo las principales desigualdades.

—¿Y por dónde pasaría el giro?

—Si lo supiera sería un connotado intelectual dando vueltas por el mundo y ganando mucho dinero. Pero hay cosas en las que se puede avanzar: nuevas formas de propiedad social sobre los elementos de producción, una fuerte descentralización y desterritorialización de ciertas estructuras. Pienso, por ejemplo, en que uno de los instrumentos para incorporar a la discusión sobre los megaemprendimientos productivos debería ser la utilización de buena parte de la renta generada para una distribución igualitaria entre la sociedad, llamémosle renta básica o renta negativa.

Después, el escenario político puede aceptar esferas como modificaciones de las estructuras de representación, modelos menos presidencialistas, más parlamentaristas, con los cuales me podré sentir más identificado. Creo que no necesitamos dos cámaras, que con una sola alcanza y sobra para el ejercicio del juego democrático.

Democratizar la democracia parece siempre imperioso. A menor participación popular, mayor suele ser la necesidad. Pero hay una discusión que parece encaminarse en la izquierda: la de un Poder Judicial, al que muchos, en un uso extendido, casi unánime, apodan “la justicia”. Dicho así, es un anhelo, una plenitud que las instituciones no logran. Pablo Álvarez la define como “una suerte de tercerización de la venganza”:

—Es como que hay otro que se encarga de eso… Sin duda que hay que reforzar la justicia, pero ahí son discusiones que van a ser mucho más complicadas. Primero porque es algo de lo que no se ha discutido en términos masivos durante muchísimo tiempo. Entonces, quienes somos arrojados a esta discusión tenemos muchas dificultades, porque hay mucho retraso en el debate. De educación en este país todo el mundo opina, y eso para mí es un elemento positivo. Puede tener un resultado complicado, pero todo el mundo siente que tiene derecho a opinar. De justicia ya es más difícil. Pero es uno de los debates fundamentales, y ahí habrá que discutir cómo es la escala interna, cómo se designan…

—Este ministerio tiene mucho que ver con la justicia, ¿sos partidario de un eventual ministerio de justicia?

—Sí. El argumento más fuerte que he escuchado desde que me ha tocado participar de estas discusiones es que el ministerio de justicia remite a un nomenclátor de la dictadura. Si ese es el elemento por el cual el país no avanza en esta dirección, es que estamos en el horno. Cambiémosle el nombre, pongámosle “de justicia y derechos humanos”… Pero la rosca de la justicia es una rosca particular.

—¿Y cómo se deshace esa rosca?

—Lo primero que se necesita es aceptar que la justicia está politizada. No son tipos que bajaron de una nube, ni nacieron de un repollo. Está politizada la justicia, punto. Es mentira que no esté politizada. Ahora: ¿el ejercicio de la justicia era mejor antes? ¿Era más cristalino? No sé, hay gente que se enfrenta permanentemente a la justicia, y casi siempre son los más pobres. Más allá del lío que tuvimos nosotros, el problema de la justicia, en última instancia, viene de antes. Y a nosotros, como partido de izquierda, nos haría bien recordarlo.

DE ACCIÓN Y LIBERTAD.

Parte de su tiempo lo dedica al trabajo en el ministerio y la militancia en la cap, una aventura que emprendió en 2009 junto a otros escindidos del mpp, a saber: Eleuterio Fernández Huidobro, Nora Castro, Luis Rosadilla, Carlos Gamou, Javier Salsamendi… En poco tiempo habrá un congreso, comenta, donde se discutirá la estrategia del sector. “La identificación que se ha hecho del Ñato con algunos temas vinculados a la discusión sobre los derechos humanos le ha costado bastante a la cap-l en general”, reconoce. Otra vez, pide dar la discusión, sin tomar atajos: “No se ha dado el espacio. Cuando en su momento la cap-l solicitó al fa la posibilidad de discutir algunos temas, y sí se pudo dar la discusión, los compañeros se adecuaron a la posición partidaria. Eso terminó, por ejemplo, con la discusión sobre la ley interpretativa de la ley de caducidad, donde Fernández Huidobro termina renunciando”.

—¿Coincidiste con Huidobro en aquel momento?

—En ese momento de la discusión yo no estaba muy de acuerdo con la posición que estaba teniendo la cap-l. Hoy, a la luz de los hechos, podría pensar que quizá me faltaron elementos para poder estar de acuerdo. Uno es autocrítico también.

—Algunos que son más o menos de tu generación, como el caso de Alejandro Zavala, hablan de disolver el Ejército, o las Fuerzas Armadas.

—Estoy de acuerdo. Yo creo que hay que disolver el Estado. Si es a ver quién pone el huevo más lejos y cacarea más fuerte… La política, creo yo, debe tener la disolución del Estado como elemento final. Las Fuerzas Armadas, en todo caso, son un mojón a derribar en este largo trayecto. Ahora, vamos a la discusión real: yo creo que hoy lo que se está haciendo es que se viene disminuyendo de forma acelerada el número de efectivos militares. Cuando se convocó a un debate nacional sobre defensa, participaron muy pocas personas que no estuvieran vinculadas directamente al factor militar. Y eso terminó en una ley. Ahora, yo no identifico a las Fuerzas Armadas exclusivamente con las de la dictadura. Porque si vamos a la lectura de que los de la dictadura fueron unos locos milicos perversos que llevaron adelante un proyecto político, y no entendemos que había civiles, gente de afuera y que junto a eso se dio la instalación de un modelo económico… La gran discusión ahora es para qué las quiero y qué es lo que quiero proteger: los recursos, el mar, las fronteras… Yo creo, como se decía en los sesenta, que la lucha de clases no termina en la puerta del cuartel, sigue adentro.

APRENDIZAJES.

Empezó a practicar karate a los 7 años. Esa es su otra, su gran pasión. Una vez, en el Parlamento, cuando ejercía como diputado, sacó a relucir sus habilidades cuando debió separar a dos diputados a punto de envolverse en una piñata. “Si no fuera que podía ser tomado de forma irresponsable, yo diría que el hobbie es todo el resto, ¿no?”, lanza. No es una broma.

—¿Hay alguna enseñanza del karate que apliques a la política?

—Mi interpretación es que funciona parecido a las vacunas. No soy biólogo, pero según puedo entender, las vacunas funcionan como una pequeña dosis del virus del que te querés defender, para generar los anticuerpos. Y bueno, yo creo que con el karate pasa lo mismo: con pequeñas dosis de la violencia que llevamos dentro uno logra luego transformarla.

Su elección como diputado en 2004 marcó definitivamente su carrera política. Cinco meses después de estrenar su investidura, fue rebotado en la puerta del boliche El Pony Pisador, de la Ciudad Vieja, por su apariencia física. Pudo, luego de haber mostrado su carné de diputado, hacer la denuncia en la Seccional 1ª. Sin quererlo ni buscarlo sinceró una verdad honda, que trascendía la levedad de la anécdota: en Uruguay se discriminaba, también por tener pelo largo y barba. “Fue casi mi última salida”, cuenta ahora, sin entrar en demasiados detalles: “Lo interesante es darse cuenta de que no son cosas que le pasan sólo a uno. Hoy le siguen pasando a otras personas, y cada tanto hay una denuncia”. Ya en tareas ejecutivas, otro incidente marcó su pasaje por la política. Fue la difusión, a través de Facebook, de un video donde la ex directora del liceo Bauzá, Graciela Bianchi, retaba con tono –entre imperativo y gasallesco– a varios alumnos. Entre perros perdidos, situaciones sentimentales, la lista de películas favoritas y fotos donde todos parecen decir “whisky”, aquel video generó una fuerte polémica.

—¿Sacaste alguna conclusión sobre el uso de las redes sociales?

—Dos o tres aprendizajes. Sobre las redes sociales, nada que uno no pensara antes. Sobre el manejo a nivel de la mediatización de la información, que uno no puede callarse demasiado rato: después no tenés tiempo para reproducir tu historia. Una semana de silencio es irremontable en términos de la construcción de un mensaje público. También un aprendizaje sobre la lógica de ser integrante del ministerio y haber compartido ese video, que ya estaba en las redes y que los canales ya tenían en su propiedad. Tal vez, por el lugar donde estaba, uno debería de haber tenido más cuidado. Y después, como aprendizaje también, cierto nivel de fallutez, en general.

—Pero algo te movió.

—Sí. Y capaz que en algún momento, cuando deje de estar en este lugar, pueda salir a reflexionar. Pero me parece que en el fondo había algo que era interesante ver. Punto.

—¿Te llevaste algún rezongo? En ese momento el presidente y el vice tenían una relación bastante aceitada con Bianchi, incluso la recibieron varias veces.

—Para nada. Por el contrario. En parte también hubo apoyo del presidente para mantenerme, en tanto yo había presentado la renuncia.

Y ahí se cierra la sesión.

Contraseñas

Lecturas. “El mueble más importante de mi casa es la biblioteca. No hay ni sillas. Se me hace difícil pensar en no leer algo todos los días. En novelas, lo último que leí fue 1Q84, de Murakami. Biografía del hambre, de Amélie Nothomb. También leo boludeces, como best sellers gringos.”

Sonidos. “He tenido mis momentos sabinescos, pero ahora más bien soy de escuchar radio. Escucho Babel. Y cumbia, bastante; será por la cuestión de barrio. No tengo una banda que yo diga: me identifico. Uso mucho Grooveshark. Ahí pongo y escucho, y no sé ni lo que escucho. Me gustan cosas que no sé ni de quiénes son.”

Imágenes. “Miro una [película] por día. Cuevana… Una que hace poco vi que me divirtió fue Dos más dos, de Adrián Suar. Me pareció que trataba un tema tabú de una forma que no era moralizante. Otra que me gustó fue La culpa es de Fidel.” 

Los cambios en TNU y la ley de medios
“La libertad ha sido más bien prescindencia”

—Se habló mucho de la reforma en tnu, y vos mismo reconociste tu papel en eso. En ese proceso surgieron críticas a la contratación directa de la directora y el subdirector del informativo.

—Así era antes también.

—¿No se pudo haber aprovechado para llamar a un concurso?

—Tal vez sí. Yo no digo que en el próximo cambio que exista en el canal, en esa área, no pueda instrumentarse una modalidad de llamado abierto, concurso… Ahora… aun así creo que la decisión final la debería tener la dirección del canal. Si asumimos que, efectivamente, la información no es un acto privado, separado de la política… Yo asumo eso. Cuando un periodista quiere hacer una nota y no otra, en ese proceso de selección, ¿no hay una decisión política? Igualmente, pienso que sería una buena cosa a futuro incorporar modalidades de ese tipo para jefaturas como la de prensa.

—También se puede ver el lado positivo: por primera vez se modifica el trasiego de periodistas de lo público a lo privado.

—Nosotros lo veíamos en ese sentido. Que alguna gente esté dando un salto a lo público, que es la tumba de los cracs, nos parecía que era bueno.

—¿Le falta un periodístico al canal?

—Nosotros nos planteamos, con el llamado que hicimos a programas, hacer un periodístico de investigación para este año, cuando se cumplan los 50 años del canal. Va a ser difícil tener un programa de investigación en un programa estatal que tal vez tenga que investigar a algún personaje del Estado. Y bueno, así se construye parte de la legitimidad.

—¿Cómo ves un programa como el argentino 678?

—Muy argentino. Me encanta, pero en Argentina. Acá en Uruguay no dura ni 20 segundos. Capaz que en el fondo uno está muy acartonado a la uruguayez. Un programa que el canal precisa, y estuvimos dialogando en torno a eso, es uno que analice a los medios. Ya no desde el punto de vista cómico, que existe y está bien. Pero sí mostrar: “Mire, este diario dice ‘La onu dice que el agua uruguaya no es apta para consumo humano’, ese es el titular. Y abajo: ‘La onu no dijo eso, fue tal persona que trabajó hace 20 años para la onu’”.

—¿Cuál es el modelo para tnu?

—Había un programa que no sé si era del canal Encuentro que hacía algo parecido… Pero viendo la realidad uruguaya, y que se va a poner todo el mundo de punta, lo que planteamos es que la gente saque sus propias conclusiones. De alguna forma, abonar esta lógica de educar para los medios.

—También hay ejemplos como el de la bbc, con mayor independencia técnica y financiera.

—No es lo que tenemos. Yo aspiro a que haya una televisión pública más independiente, pero no creo que exista nada totalmente independiente. No creo que algo pueda correr por fuera del resto de los conflictos que existen en la sociedad. Yo no quiero un ministro diciéndole a la directora del canal esto sale, esto no sale; pero en tanto es público, forma parte de una política pública. Hasta ahora la libertad ha sido más bien prescindencia.

—¿Conocés la nueva ley de medios?
—Conozco las discusiones que son el fundamento. Es una ley necesaria. 

 

Brecha, 10 de mayo de 2013 – Ricardo Scagliola

 

 

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