/ El País / Del papel a la pantalla

Del papel a la pantalla

La imagen del hombre leyendo un diario que sostiene con los brazos extendidos, ha acompañado a la cultura de esta época desde hace dos siglos. Representa la mayor fuente de información en que se abasteció el conocimiento popular. Los diarios han sido el puente a través del cual transitó la población para enterarse de las noticias, desde una declaración de guerra hasta el descubrimiento del suero contra la poliomelitis o la primicia de que la aviación había quebrado la barrera del sonido.

Cuando el Uruguay se convirtió en campeón de fútbol en las olimpíadas de Amsterdam, hace nueve décadas, los montevideanos obtenían el resultado de los partidos aglomerándose delante del edificio de un diario y esperando que colocaran las pizarras donde constaban los datos.

Claro que eso estaba fuera del alcance de los analfabetos, pero el torrente de información era tan imperioso que también alcanzaría a quienes no sabían leer, porque la divulgación de la radio permitió que la palabra hablada se sumara al flujo de la información impresa y ensanchó el radio de consumo de las noticias, convirtiendo a las sociedades contemporáneas en núcleos de individuos conocedores de la realidad, donde podía entablarse una conversación sobre temas generales con la confianza de que todo el mundo estaba al tanto de lo que ocurría en cualquier parte, a cualquier hora. El Uruguay figuraba, detrás de Inglaterra, entre los países con mayor consumo de periódicos por habitante, y ese dato permite ahora saber por qué su gente era tan ilustrada y por qué vivió un auge cultural que creció durante la primera mitad del siglo XX y persistió hasta la década del 70. Al dominio de la palabra impresa y al de la información oral, se agregó desde los años 50 la invasión de la imagen, porque la televisión instaló en el ámbito familiar la persuasión irresistible del cine, es decir de las estampas en movimiento para que la gente no sólo supiera lo que sucedía sino que viera además cómo lucían las noticias. El viejo auxilio de la fotografía, que acompañaba como apoyo gráfico la difusión informativa de los diarios, cobró vida para dejar demostrado que una imagen vale más que mil palabras. Sin embargo, hasta esa altura, el valor de la palabra mantenía su vigencia en la corrección del lenguaje hablado y en la formalidad del vocabulario escrito. Pero la embestida de los medios visuales amenazaba esa estabilidad, inaugurando una revolución electrónica donde los procesos se aceleraron, la vida de la gente comenzó a galopar, los tiempos de reflexión se acortaron, la formulación de las noticias se abrevió y la vida social ingresó en una vorágine de cambios, hasta alcanzar el asombroso ritmo actual donde la masa de conocimientos de la humanidad se duplica cada tres años, extremo inaudito si se recuerda que en el siglo XVII ese mismo caudal se duplicaba cada doscientos años.

Por fuera, la revolución electrónica ha tenido etapas espectaculares, incluyendo la televisión a color, la pantalla ancha, el ingreso al terreno digital con la computadora y con sus espacios de comunicación y de información a través de Internet. De la computadora de mesa, con sus accesorios voluminosos, se pasó a la portátil, y del teléfono fijo se saltó al celular, que hoy tiene su propia inteligencia y en el que puede leerse no solamente el correo sino también todo el material que el hombre de 1900 obtenía a través del diario de papel. Pero por debajo de esa fachada deslumbrante, a ese hombre del siglo XXI le ocurrieron otras cosas. Sin darse cuenta, empezó a perder contacto con una parte de la realidad. Las redes sociales lo mantenían aferrado a la novelería y el chisme, apartándolo de lo revelador y lo sustancial de la realidad de cada día. Ahora se sabe cuántos miles de mensajes revolotean en torno a una indiscreción del presidente de la República, pero ya no se sabe cuáles son los índices de mortalidad infantil, de acceso a la educación superior o de bienestar económico y social. En el Uruguay de hoy, donde todos tienen notebooks y celulares, hay universitarios que ignoran quién era José María Arguedas y cuál era el apellido del emperador Napoleón. Así de simple: junto con el progreso llegó la evaporación de la cultura general.

Cada día la gente se expresa de manera más precaria, los informativos se reducen a un breviario de política y de fútbol, el diálogo se atrofia hasta restringirse en frases hechas y modismos inconducentes.

 

El País, 26 de abril de 2013 – Editorial

Comments are disabled

Comments are closed.